miércoles, 5 de septiembre de 2012

De Roberto Chica


Aprovecho de una vez para contarles mi mencionada anécdota, que tiene que ver con nuestros paseos semanales: Como todos recordaremos, los miércoles por la tarde eran dedicados a hacer las famosas caminatas, disfrutando de los variados paisajes que tiene el municipio de La Ceja. Estas caminatas se convertían en paseo de día entero cada mes, cuando hacíamos el ejercicio de la Buena Muerte. Aquí debo hacer un paréntesis para comentar que, anexo a este correo, les estoy enviando las famosas oraciones que recitábamos en estos tenebrosos días y que nos trasnochaban a más de uno, pensando que de pronto fuéramos tan de malas, que nos ganáramos la última intención: "por aquél de nosotros que haya de morir primero".
En aquellas largas caminatas, que más que caminatas eran maratones, especialmente en los paseos de día entero, a los que no teníamos la resistencia física de los grandes atletas como Miro, Mario Danilo, Villegas, el mismo Marinillo Duque y tantos otros de inacabable ritmo al trotar, nos tocaba pegarnos de cuanta quebrada encontrábamos para calmar nuestra sed y tratar de recuperar un poco nuestras perdidas fuerzas.
Como resultado beber en estas zonas de hidratación no controladas, este estomaguito, que fue cuidado con esmero durante mis primeros doce añitos por doña Guillermina, se fue llenando de amibas (amebas dirán don Caloso y el Mono Acosta), hasta el punto que se enquistaron en mi pobre humanidad agobiada y doliente, y les dio por hacer fiesta conmigo, especialmente durante las noches, no sé si influenciadas por el frío que nos invadía en el dormitorio.
Tanto me quejaba de esos benditos cólicos, que una noche a alguien se le ocurrió mencionar que el Marinillo Duque preparaba unos menjurjes sanalotodo, con unas yerbas que él traía del monte. Y tocó despertarlo y preguntarle si hacía la caridad de preparar la milagrosa agüita aromática. El Marinillo sin chistar, se puso las botas, se terció su famosa ruana café y se fue a buscar la medicina. Al rato, apareció con una taza que contenía una bebida oscura y muy caliente. Cuando fui capaz de tomarla, sólo tuve que esperar unos pocos minutos para comprobar que efectivamente ésa era una poción milagrosa.
Desafortunadamente para mí y para el Marinillo Octavio, esta función tuvo que repetirse varias veces, hasta que hizo efecto un tratamiento, del cual no quiero ni acordarme, al que me sometieron don Rober y doña Guillermina, después de que me llevaron a consulta con un médico en Medellín.
Lo que más recuerdo de esta historia, es que, con la vergüenza que me daba tener que despertar al Marinillo, lo único que yo acataba a decir cuando le daba las gracias, era que lamentaba mucho que él se tuviera que levantar a altas horas de la noche a conseguir mi medicina, pues la condición para sanar, según el mismo lo expresaba, era que las ramas estuvieran fresquitas.
Y la respuesta de él, era siempre la misma: "¿Vos es que sos bobo, bobito?
Un abrazo,
Rober.

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