miércoles, 5 de septiembre de 2012

De Ernesto Blandón

EL MARINILLO EN LA ESCUELA DE PIEDRAS

El momento de partir


Evocar esos momentos vividos a quien  en su momento hizo parte de nuestras vidas, es un llamado a la gratitud, por todo lo que ha sellado. No en vano nos encontramos con las personas, pero Octavio, uno de nosotros, tuvo algo particular, su constante sonrisa, la cercanía sin distinción, la disposición para trabajar, su buen ánimo para todo lo que significara servicio.

La fe es práctica y “El marinillo Duque” fue unos de esos escasos representantes, en esas cosas sencillas donde tenía que estar, obviamente su alma de campesino no lo abandonó nunca por eso ese “dejad que los niños vengan a mi” se encarnó en su vida. En Junio del 70 con el Padre Octavio, fuimos a una misión a la escuela de Piedras, íbamos con el Sr Toro, nuestro amigo  Luis Alfonso, Juan Carlos Escobar, Raúl Montoya (qed), José Domingo Ospina (qed), y nuestro querido Octavio Duque. Las cargas eran para aquel momento abundantes, pues la misión era preparar a unos niños para la primera comunión.
El Marinillo con los niños de la Escuela

Salimos temprano del aspirantado y emprendimos la caminada hacia pantanillo, creo que así se llamaba la escuela que quedaba a lo alto de esa empinada carretera que tantas veces recorrimos para las olimpiadas, y emprender el descenso por el tornillo. Los dos Octavios, eran los que llevaban en peso las cargas. Al llegar a la escuela de Piedras en el Guaico, después de pasar el rio, que baja de Abejorral, una pequeña edificación de dos salones, vimos la realidad; ni camas, ni comida, niños a pie que iban y venían por esos lugares de vegetación providente y campesinos generosos quienes junto con la maestra nos atendieron con especial cariño La alegría era mucha y la disposición del Marinillo, notoria. No hacia reclamo alguno, simplemente animaba, era su semblante natural, pues la fe es humilde ni tiene por menos a los otros. Era de Octavio a Octavio, del maestro al el discípulo, tocados por el amor de Dios para darlo en abundancia. Los días pasaron, fueron 4, si no recuerdo, hicimos reuniones con padres de familia, preparamos a niños y niñas y al final la Eucaristía. De esto es testigo Luis Alfonso, todavía lo veo comiendo aguacate con leche en polvo; éramos así de descomplicados y en los bancos que estarán en alguna parte, pasamos las tres noches, acostados de lado pues si nos movíamos, ¡pum! Al frio suelo caíamos.
La Escuela

El regreso fue como subir el Everest, sobre todo con las cargas que traíamos, ese bendito tornillo era interminable, hasta que llegamos arriba a la escuela de pantanillo, caminamos hasta la carretera y allí nos recogió un bus escalera que iba para la Ceja.  Fue un momento, uno de tantos, vividos en aquel lugar tan maravillosos del aspirantado donde las presencias tenían un encanto especial sostenido personas maravillosas que nos hacían presente de una manera humilde y servicial, el amor de Dios.
El Marinillo tocando Trombón
(Adivinen quién es el Maestro y quiénes son los músicos)

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