Creo que corría 1957
cuando el superior de los salesianos visitó la obra de la comunidad en Colombia.
Si mi memoria no me falla, cosa
totalmente posible, se trataba del Padre Renato Ziggiotti. En esa época existía una sola Inspectoría que
respondía por la obra en todo el país.
En el Aspirantado
surgió el natural interés por esa visita; no estoy seguro, pero creo que se
trataba de la primera vez que el Rector Mayor de la comunidad visitaba a los
salesianos de Colombia.
Como era de
esperarse, los salesianos integrantes de la comunidad en La Ceja se prepararon
para asistir a esa visita, en especial para participar en una reunión con el
Rector Mayor en el Colegio Salesiano del Sufragio, en Medellín. Con tal propósito, organizaron un concurso de
declamación entre los alumnos del Aspirantado, con la idea de que el ganador le
declamara al Rector Mayor en un acto solemne que se realizaría en el transcurso
de la reunión en Medellín.
Con entusiasmo y bajo
la coordinación del Padre Renato Cavallo, un grupo de alumnos nos dedicamos a
preparar poemas de nuestra propia elección.
Las fuentes para inspirarnos no eran muchas: una colección de libros de
poemas y otros escritos: Prosa y Verso, creo que editada por el Padre Miguel
Mariño (aún conservo 5 volúmenes); y el texto de Literatura, que seguíamos en
el curso del mismo nombre: Panorama de la Literatura Universal, por Nicolás
Bayona Posada. En el texto de Literatura
había dos poemas que me habían llamado la atención: uno de José Asunción Silva
(Nocturno III – Una noche) y el otro de Adolfo León Gómez (Creo que se
titulaba: “El mal de los recuerdos”).
Algún motivo especial
me llevó a seleccionar el poema de Adolfo León Gómez, lo más probable fue
debido a su rima libre. Mis compañeros
de contienda seleccionaron poemas de la colección “Prosa y Verso”, casi todos
ellos escogidos entre aquellos indicados para actos solemnes.
Con mucha dedicación
me di a la tarea de memorizar y ensayar el poema de Adolfo León, en forma
privada, ante un grupo de los más cercanos; entre ellos siempre estuvieron
Gabriel Bernal y José María Huertas, pero no eran los únicos. Para mi lo más importante era ponerle
sentimiento a la declamación, así no fuera un exégeta del contenido del poema,
mucho menos a esa edad.
Llegó el día de
demostrar nuestras capacidades en el arte declamatorio. En ese entonces, se colocó una tarima en
donde era el comedor de los alumnos y se arregló el salón a modo de teatro. Y
desfilamos uno a uno quienes habíamos decidido participar en ese “reality”.
Cuando me
correspondió el turno, declamé el poema seleccionado, del cual sólo recuerdo
algunas líneas, aunque tengo dudas de su exactitud:



