Años de Salesianidad- (Primera parte).
(Cuasi-parodia Macondiana)
Muchos años después, habíamos de recordar aquella tarde
remota en que nuestros padres nos
llevarón al Aspirantado allí
conocimos el hielo que era bañarse en el
lago a las 5 y media de la
mañana. La Ceja era entonces un pueblo
con más o menos 20 congregaciones
religiosas, había monjas de clausura, jesuitas, salesianos, Hermanos cristianos, Carmelitas descalzas,
Hermanas del Buen Pastor, Vocaciones
Tardías de Cristo Sacerdote,
Hermanas hospitalarias de Juan de dios,
, Hermanas de Santa Ana…la más variada colección de curas y monjas jamás vista
en Macondo. Este mundo era reciente para
nosotros muchos carecían de nombre y para mencionarlos les decíamos según su
origen: Aranzazu, Pacorita, Valluno,
Marinillo, Uvita, Pachavita,
Guayabito, Santa Helena,
Envigado, Palmitas, Apía, Pantanillo, Tulueño, Guamuno, …. Todos los sábados, a veces otros días, una
familia gitana que luego supimos se
llamaba “la banda” llegaba con gran alboroto de
trompetas, tambores, flautas, clarinetes, cornos, sacabuches, tuba,
saxofones, dirigida por un mago
sacerdote serio, pálido sin
parecido con el Melquiades de García Marquez, nacido en un pueblo de Boyacá,
sabio alquimista a quien seguíamos fascinados por que según
decía todo es cuestión de despertar el
ánima. Buscaba seguidores entre los
recíen llegados, los que cayeron bajo los efectos de esa pasión llamada música
se encerraban o en unos cuartos
pequeños, cual laboratorio de José Arcadio Buendia a descifrar partituras o llenaban le ambiente con
monocordes sonidos en los patios, espantando los pájaros y ahuyentando a los
perros.
Un sacerdote corpulento, de grandes manos, pelo hirsuto y
una voz delgada que no se compadecía con
su físico oficiaba en el difícil arte
del comercio mediante unas finas maniobras convertía lo poco en mucho, era un demiurgo, viajaba en
un viejo camión todos los martes de madrugada, y a más del bastimento para
tantas bocas, había en fiestas y bazares
unas frunas pegajosas de gran sabor junto con recortes galletas y de más golosinas. Era la magia
pura que luego supimos llamarla milagro.
Provenía de un lejano País, que nos mostraba en clases de geografía poniendo su
manaza sobre el mapa tapando toda Europa y decía aquí
está Turín cuna de esta comunidad
de alquimistas de la juventud.
Pasaron días antes
comprender este mundo asombroso,
aún recuerdo el estreñimiento provocado por el descubrimiento de unas
letrinas para equilibristas,
diseñadas por lo Moros decían
unos, otros que por Turcos. Cagar se convirtió en una prueba más de la magia de aquellos años
maravillosos.
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