martes, 4 de septiembre de 2012

De Rodrigo Monsalve


Años  de  Salesianidad-    (Primera parte).

(Cuasi-parodia Macondiana)

Muchos años después, habíamos de recordar aquella tarde remota  en que nuestros padres nos llevarón  al Aspirantado allí conocimos  el hielo  que era bañarse en  el  lago a las 5 y media de la  mañana. La Ceja era entonces un pueblo  con más o menos   20 congregaciones religiosas, había monjas de clausura, jesuitas, salesianos,  Hermanos cristianos, Carmelitas descalzas, Hermanas del Buen Pastor,  Vocaciones Tardías de Cristo  Sacerdote, Hermanas  hospitalarias de Juan de dios, , Hermanas de Santa Ana…la más variada colección de curas y monjas jamás vista en Macondo.  Este mundo era reciente para nosotros muchos carecían de nombre y para mencionarlos les decíamos según su origen: Aranzazu, Pacorita, Valluno,  Marinillo, Uvita, Pachavita,  Guayabito, Santa Helena,  Envigado, Palmitas, Apía, Pantanillo, Tulueño, Guamuno,  …. Todos los sábados, a veces otros días, una familia  gitana que luego supimos se llamaba “la banda” llegaba con gran alboroto de  trompetas, tambores, flautas, clarinetes, cornos, sacabuches, tuba, saxofones, dirigida por un mago  sacerdote serio, pálido  sin parecido con el Melquiades de García Marquez, nacido en un pueblo de Boyacá, sabio  alquimista  a quien seguíamos fascinados por que según decía  todo es cuestión de despertar el ánima.  Buscaba seguidores entre los recíen llegados, los que cayeron bajo los efectos de esa pasión llamada música se encerraban o  en unos cuartos pequeños, cual laboratorio de José Arcadio Buendia a descifrar  partituras o llenaban le ambiente con monocordes sonidos en los patios, espantando los pájaros y ahuyentando a los perros.

Un sacerdote corpulento, de grandes manos, pelo hirsuto y una voz  delgada que no se compadecía con su físico oficiaba  en el difícil arte del comercio mediante unas finas maniobras convertía  lo poco en mucho, era un demiurgo, viajaba en un viejo camión todos los martes de madrugada, y a más del bastimento para tantas bocas, había  en fiestas y bazares unas frunas pegajosas de gran sabor junto con recortes  galletas y de más golosinas. Era la magia pura que  luego supimos llamarla milagro. Provenía de un lejano País, que nos mostraba en clases de geografía poniendo su manaza  sobre el mapa tapando toda Europa  y decía aquí  está Turín  cuna de esta comunidad de alquimistas de la juventud.

 Pasaron días  antes  comprender este mundo asombroso,  aún recuerdo el estreñimiento provocado por el descubrimiento de unas letrinas para equilibristas,  diseñadas  por lo Moros decían unos, otros que por Turcos. Cagar se convirtió en una  prueba más de la magia de aquellos años maravillosos.

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