jueves, 12 de septiembre de 2013

Camino al Carmen

 Por: Ernesto Blandón Rey

Desde le ventana del estudio, salón que así se llamaba, veía los relámpagos que alumbraba el Capiro; la noche había invadido el paisaje que hacía uno pocos minutos mostraba las montañas lejanas y las nubes que tímidamente buscaban un rinconcito en el firmamento. En medio del valle se levantaba imponente esa montaña que se planta casi en la mitad del inmenso valle y se extiende hacia Llano Grande. El sueño me cerraba los ojos, el cansancio de la caminaba se empezaba a sentir aumentando las ganas de dormir que se daría un poco más tarde; la mayoría de los aspirantes estábamos en las mismas; aguantando, aguantando, dormidos nos íbamos quedando. 

Cabeceando con el temor de ser visto por el asistente, que con su bondad, comprendía algunas actitudes nuestras, nos miraba con una comprensiblemente. El libro de historia estaba abierto, pero algunas imágenes que venían a mi mente me llevaban a la carretera que en la tarde nos vio pasar; escuchaba los pasos que al unísonos rompían el silencio del paisaje que ese miércoles, un grupo de compañeros dirigidos por el Padre Octavio, habíamos emprendido con un trote seguro a la una de la tarde camino al Carmen de Víboral, un pueblo cercano a Rio Negro, en la vía a San Antonio de Pereira corregimiento de ese municipio de especial belleza; ninguno se quedaba atrás. Los dos marinillos, Octavio (qepd) e Ignacio, Carlos Ospina (Aranzazu), Libardo Molina, eran los del trote más seguro, los otros íbamos siguiendo sus pasos tratando de resistir. 

El tam – tam – tam, de las pisadas, obligaba a quienes encontrábamos por el camino a mirarnos, eran campesinos del lugar, con sus ruanas, azadones y zurriagos en cinto. Dejamos la carretea que lleva al seminario de vocaciones tardías y doblamos por la vía a Rio Negro. Bordeando el pie de monte del Capiro y las aguas del rio la Ceja que nace en el Silencio, cerca de la Casa de arriba del aspirantado - con sus claras aguas desviadas por un canal, llenaba la piscina que el Padre Santiago Beltrán construyó cerca a la portería norte de la gran cancha de futbol. 

Todo cambia, hasta las aguas en el largo recorrido, bañando las llanuras que se extendía alimentando con sus pastos el ganado que hacía que el lugar fuera famoso por su leche; se veía oscura por los desechos que en el rio caían. Teníamos que llegar a ese pueblo famoso por su cerámica, la mayoría no lo conocíamos, salvo los marinillos. Algunos comentarios de Octavio y chistes de Ignacio animaban, pero más el - ¡Animo Ernesto¡ - de alguien, hacía que no me fuera quedando del grupo. Llegamos al “Canadá” eran las partidas hacía el Carmen, dejando la vía hacia Rio Negro; el ánimo iba en aumento, el Padre Octavio constantemente miraba para atrás, en actitud vigilante; a su lado los marinillos, un poco atrás “Aranzazu” a su lado, Libardo Molina, yo en el medio como arrastrado, ya sentía dolor en los pies. Todo lo observaba, la hermosa llanura libre del Capiro, los sembrados de maíz, repollo y hortalizas, las vacas silenciosamente arrancando el pasto, las casas del lugar monumentos históricos, memoria de un pasado que a pocos se olvida. 

El camino se extendía casi en línea recta, por fin algunas casas y el pueblo al frente, la meta se estaba cumpliendo, era tarde y el regreso era inmediato, una avenida parecida a la que nos lleva de la Ceja al Aspirantado. Llegamos, el ´pueblo estaba solitario, en lagunas tiendas se veían objetos de loza bellamente decorados, de las ventanas a medio abrir salían algunas miradas que fijas en nosotros trataban de adivinar quienes éramos y de donde veníamos. Llegamos al parque, descansamos un poco, comimos algo y con la alegría de una meta cumplida, emprendimos el regreso, el trote era más pausado después de un tiempo de recorrido, lo aumentamos para no llegar tarde al aspirantado, fueron más o menos cuatro horas de trote continuo, éramos jóvenes y lo podíamos hacer. 

Ese tam – tam – tam, acompasado, resuena en un eco que no se silencia; el libro de historia continúa abierto, todos desearnos dormir, el cansancio se empieza a sentir. Nota: A quienes hicieron parte de este grupo, los invito para que escriban ampliando el relato Para todos ustedes con cariño Ernesto

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