Por: ErnestoBlandón Rey
Evocar las mañanas en el aspirantado da frio, recordarlas desde este hoy, puede generar una leve sonrisa. Eso es importante
Evocar las mañanas en el aspirantado da frio, recordarlas desde este hoy, puede generar una leve sonrisa. Eso es importante
El frío del lago nos arropó, con su acogedora agua que nos esperaba todas las mañanas. Ese día parecía que el sol había salido más rápido y que la temperatura cambiaría. A un lado de las escaleras que van al dormitorio que queda en un segundo piso, algunos hacen fila para bañarse con el agua de las duchas, que igualmente fría, calaba hasta lo más profundo de los huesos en aquellos adolescentes todavía a medio dormir. El baño había que hacerlo rápido: mojada, enjabonada y juagada en segundos, para salir como alma que lleva el diablo en busca de la toalla y salir corriendo por las escaleras para vestirse lo más rápido posible y hacerle el quite al frio que hacia temblar hasta los labios.
El Señor Lucas en la celda que quedaba en uno de los extremos junto a la ventana, mirando a una cancha de básquet que queda junto al jardín donde estaba un busto de Don Bosco sobre un gran globo terráqueo hecho de cemento, vigilaba atento para que todo se hiciera bien y con el debido orden. Ese saludo inicial al levantarnos: “Tu autem Domine miserere nobis” y ese “Deo gratias”, respuesta a coro de quienes aún dormidos, ya estábamos en pie, indicaba que por gracia de Dios un día nuevo había empezado. En su puesto con su negra sotana, estaba pendiente de todo, tenía la gracia de la amable autoridad, certera y paciente. En aquella media hora todo tendría que quedar debidamente, camas tendidas y cómodas ordenadas. Afuera en el patio central entre el templo y la casita de los padres, donde quedaba la oficina del Rector, el padre Oscar, arropado con una ruana blanca en un caminar mesurado y reflexivo leía un libro. Rezaba, era su oración matutina.
La campana dejó su toque en los oídos, era el santo y seña para pasar al estudio, por un corredor - balcón desde donde se mira el valle de la Ceja del Tambo ese hermoso lugar adornado con relámpagos y centellas en las noches de invierno. En aquel salón de pupitres debidamente ordenados, nos sentábamos observados por la mirada atenta del Padre Mario, pero de una bondad particular. Siempre estaban ahí, vigilantes para que le semilla del amor de Dios sembrada, no se estropeara. Algunos completaban los minutos faltantes de sueño, otros leían algún libro sobre todo los diarios o las “oraciones para rezar por la calle” del Michel Quoist, u otra actividad, pero en sus puestos. Afuera los trinos y vuelos de aves citadinas, los siete cueros sembrados al lado de la casa de las monjas, y el sonido del tractor nos recordaba a don Ramón, un hombre silencioso y servicial entregado totalmente al servicio, en él veía al Padre Mascagne “amiguito necio”, alto y fornido, con su sotana desgastada por el trabajo del establo, había dejado su querida Italia para servir en el silencio de aquel lugar; hacia poco había partido para el cielo.
Dejamos el estudio, ese espacio donde tratábamos de concentrarnos, la Eucaristía nos esperaba. El órgano de tubos, tocado magistralmente por Atehito, un chico de la verada de Santa Elena, entonaba el “Vayamos jubilosos” El Padre Oscar tan jovial como siempre, nos miraba y animaba, “in persona Christi” era su semblante, revestido con los ornamentos sagrados, nos invitaba a la mesa Eucarística. Atrás, el Padre Leguitos, atendía en confesión. Adornado con una elegancia particular, el lugar que nos convocaba era diferente a todos, el elocuente silencio, María Auxiliadora y Don Bosco es espacios o laterales al altar y el Santo, Santo, Santo en un ritmo de bambuco, que perdura a lo largo de los años en quienes a lo largo de los años no podemos olvidar la “Maravilla Dei” en ese lugar en donde él mismo en la presencia de los Salesianos, se ha querido encontrar con nosotros.
En el comedor hay movimiento, las hermanas, esperan aquella mañana, que lleguen tan distinguidos comensales a contemplar el gesto providente de Dios, en el desayuno que han preparado.
Un abrazo para todos
HOLA ERNESTO... QUÉ BUENA CRÓNICA TE HAS FAJADO; MUY AMENA, BIEN ESCRITA Y AJUSTADA CELOSAMENTE A LA REALIDAD VIVIDA.
ResponderEliminarGRACIAS POR REFRESCARME LA MEMORIA... AUNQUE "ESOS RATICOS Y LOS DE HAMBRE", NO SE OLVIDAN NUNCA !!!
UN ABRAZO A TODOS.
COLOMA
Amigo Coloma, no sabes cuánto disfruto evocar esos momentos. Es como volver a ellos, recreándome en los paisajes y encontrándome con quienes sigo viendo como en aquellos años. En estos momentos escucho el motor de un jeep, Vicentico lo maneja, parece que viene de la Ceja. ¡Me asombra su buen ánimo para todo!.
ResponderEliminarHay algunos movimientos en el cuarto del motor de la luz, parece que lo desbaratan, hay poleas y otras cosas, el padre Santiago y Dalmiro untados hasta la coronilla de aceite, están muy preocupados. Están allí desde la mañana y ya es tarde; el motor no volvió a funcionar.
En la tienda "frescolandia pa la se" al padre Andrés en compañía de Cortés que no abandonaba su "Sanyo" para escuchar la vuelta a Colombia, de Marinillo Duque y otros que no recuerdo, vendiendo gaseosas, y golosinas.Hablan entre ellos pues los deudores son muchos y la tienda va a quebrar.
Alguien puso en mis manos un ejemplar de Cien años de soledad, lo forré para esconder la portada; el Sr Augusto, amante de la literatura, se dio cuenta y me dijo: - ¡léalo, pero no le diga a nadie!
- Son chiquilladas, por eso me encanta recordarlas-
Un abrazo
Ernesto.